Tigres ¡campeón 1982!

El domingo 6 de junio de 1982 ha quedado grabado en la historia del Club Tigres con letras indelebles, pero el nombre de Mateo Bravo refulge en la hazaña de su segundo campeonato de liga sencillamente porque la gente lo proclamó como el héroe del partido final contra Atlante, en el estadio Azteca.
 Las crónicas de los diarios regiomontanos bautizaron al portero volador como “San Mateo” por dos paradones que hizo en la serie de penalties y que, al conjugarse con la resistencia de unos felinos de acero durante 135 minutos frente al ataque de los capitalinos, dieron el título anhelado con ansias por los aficionados universitarios.
 Los Potros de Hierro, que entonces pertenecían al Institito Mexicano del Seguro Social (IMSS), cayeron por marcador global de 5 goles a 3 ante cerca de 85 mil espectadores, bajo un sol candente del mediodía , y tocó a Sergio Orduña sellar el triunfo al ejecutar con precisión el penaltie contra Ricardo Antonio Lavolpe.
 Carlos Miloc, el ya histórico entrenador de los Tigres, vivió la serie de penalties desde el vestidor al ser expulsado, por eso cuando conoció el desenlace del emotivo encuentro, salió casi a gritar a los medios: “Éste era un juego para hombres”, como elogio al carácter y a la valentía de sus muchachos.
 Hoy, a la distancia de 30 años, Mateo Bravo se acoge a la generosidad de su memoria, se tumba cómodamente en el sillón principal de la sala de su casa, lanza un suspiro de nostalgia por el recuerdo vívido de esa fecha y comenta su sentir de ayer y de hoy.
 “Es un título de todos, por más que me hayan glorificado de esa manera en la prensa”, afirma con humildad. “Y tan es de todos que sigo pronunciando sin tropiezos los nombres de  los compañeros que estuvimos en la cancha y que me gustaría volver a ver, aunque sé que es difícil reencontrarse por muchas razones”.
 Y Mateo va al gran: “Dos buenos amigos de entonces ya fallecieron: José Luis “Pillo” Herrera y Walter Daniel Mantegaza, mientras que muchos están fuera de Monterrey, como Roberto Da Silva que trabaja en la UdeG, de modo que ve con frecuencia a Rodríguez Jara, que también vive en la perla tapatía, en tanto que Tomás Boy está en Morelia y Sergio Ordeuña en Puebla”.
 De quienes más siente su ausencia de festejos o reuniones en cualquier ciudad de México es de Gerónico Barbadillo, por residir en Italia, así como de Geraldo Goncalvez (en Brasil) y Ramón Bastos (en Paraguay).
 “Los únicos que andamos por aquí”, indicat Mateo, “somos Osvaldo Batocletti, que es titular de las academias en Tigres; Enrique Alfaro, Pepe Sánchez, Andrián Incapié, Chava Carrillo y Alejandro Izquierdo, quien ese 6 de junio no jugó”.
 
REGALO
DE ORO
El llamado “portero volador” dice que el campeonato del 6 de junio fue como un regalo de oro pues acababa de cumplir 33 años el 31 de mayo, y era presagio de gran felicidad por el nacimiento de su hija Sonia, como lo ha tomado, igualmente, la esposa de Mateo que no olvida ese embarazo en plena euforia por el título de Tigres.
 Sin embargo, ahora considera también un regalo de oro la entrega de un video con más de tres horas de aquel juego del 6 de junio de 1982 más otras grabaciones de su actuaciones que logró reunir Salvador Nazar y que le será entregado en una cena especial, pues desea que Mateo autografíe otras copias que recibirán los familiares de su amigo.
 El héroe del segundo campeonato de Tigres se siente agradecido con Dios por todo lo que vivió como futbolista. Cierra los ojos, se distensa a su gusto en el sillón, se acomoda el cuello de su polo color gris y desgrana anécdota tras anécdota al simple roce del recuerdo.
 Le duele que por ahora el Club Tigres, o Sinergia Deportiva,  margine a los campeones de 1982 de los partidos en el estadio Universiario a donde deben asistir con boleto comprado, y ni siquiera hay una atención en circunstancias especiales.
 Mateo no es sentimental pero como quiera siente que se le ahogan las palabras por lo cual aprieta la “muñeca” de su mano izquierda antes de lanzar un manotazo con la derecha como queriendo espantarse el fantasma de la muerte de su padre en vísperas de un tórrido Clásico contra Monterrey, el año de 1975.
 “El jueves lo fui a ver al hospital donde tenía varios días internado, y entonces me pidió que no dejara de jugar, pasara lo que pasara, y que le dedicara el Clásico, de modo que me fijé en la mente ese propósito en caso de que falleciera en esos días, como ocurrió”.
 Mira hacia un crucifijo de la sala, hace una pausa sin darse cuenta, se toca el pelo y retoma la historia que le dejó una huella profunda como hijo y como  profesional de las canchas. Golpea su pecho de atleta y sonríe con ánimo de no contagiar de tristeza a su interlocutor.
 “El viernes previo al Clásico, cuando estábamos concentrados en el hotel, el entrenador Claudio Lostanau trató de levantarme el ánimo y me invitó un wisky en el bar, diciéndome que no me preocupara si no podía alinear el sábado. Y entonces recuerdo que le dije con los ojos bien abiertos: ‘juego porque juego, Claudio’, pues se lo prometí a papá”.
 Recuerda que el técnico peruano lo calmó con un “ya veremos, ya veremos. Mañana hablamos”. Y vaya que había que hablar de profesional a profesional porque ese mismo viernes en la noche la llamada familiar que tanto temía Mateo se hizo presente por teléfono: “Papá acaba de fallecer”.
 Obviamente el apoyo de Lostanau se hizo manifiesto y lo mandó a seguir los preparativos del funeral y a acompañar a la familia en tan duro trance, en espera de la entrega del cuerpo el sábado casi al mediodía.
 “Estoy listo para jugar”, le dijo a Claudio Lostanau un imperturbable Mateo. “Se lo prometí a papá y lo voy a cumplir”, por lo cual nada pudo hacer el entrenador. Y el “portero volador” hizo honor a su mote volando de palo a palo y sacando cuanto trallazo le llegaba del Monterrey, hasta que un penaltie ejecuado por Rubén Romeo Corbo sentenció el partido y los Rayados ganaron 1-0.
 Mateo salió doblemente triste del estadio Universitario, pero satisfecho por haber cumplido la palabra empeñada ante su padre. quien había festejado con gran alegría la llegada de su hijo a Tigres en 1974, por lo que “San Mateo” está seguro que estuvo presente en el campeonato de copa en octubre de 1975 en el que no fue el portero titular porque una araña le picó, obligándolo a atenderse de una fuerte inflamación en el pie.
 Tampoco tiene dudas de que su progenitor gozó el  primer campeonato de liga del equipo en 1978, contra Pumas, “claro, desde el cielo, tres años después de su partida terrena”, dice con gran ternura el ahora exfutbolista.
 “No cabe duda que también aquel 6 de junio de 1982 mi padre me asistió en ese juego contra Atlante y en cada penaltie lo tenía muy presente como aquel día de 1975 que le prometí que jugaría el Clásico regiomontano pasara lo que pasara”, sostiene emocionado todavía hoy.
 “Cuando me llevaban en hombros en la cancha del estadio Azteca me sentía unido a mi padre y cuando alcé el trofeo vi hacia el cielo como aparezco en tantas fotos de aquel día, porque sigo creyendo en que él me estaba viendo, al mismo tiempo que yo pensaba en mi esposa y mis hijos como él lo hacía conmigo”, aclara.
 Mateo Bravo, quien había llegado de Pachuca a Tigres en mayo de 1974 entre otros refuerzos como Cesáreo Acosta, también de la Bella Airrosa; René Trujillo, el argentino Buglione y el chileno Roberto Hodge, finalmente se retiró en 1988 y terminó jugando en el Atlante, al que ayudó a derrotar el 6 de junio de 1982. “Cosas de la vida”, dice con una carcajada.
  Ahora es comentarista en Televisa Monterrey y trabaja en una empresa que coloca asientos o pasto sintético en estadios profesionales como el OmniLife, de Chivas, o el de Tijuana.

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