(Ésta es una de las últimas entrevista que concediera el periodista y escritor Hugo L. del Río a Minerva Margarita Villarreal, meses antes de su muerte el pasado 18 de julio. Con la autorización de la revista La Quincena, reproducimos el texto íntegro de la misma).
POR Minerva Margarita Villarreal
M.M.V. Literariamente, has frecuentado el relato breve y la novela corta. Varios de tus textos tienen como asunto o como trasfondo el compromiso periodístico, ya sea que se trate de un acontecimiento seguido por un reportero o de algún jovencito que se inicia en una oficina de redacción; sobre todo, tú has incursionado en el género negro, siguiendo la pista de una desaparición bajo la lupa de un infatigable periodista. Todo ello habla de una voz narradora que sigue la línea de preocupación de un autor metido de lleno en el periodismo. ¿Qué significa traspasar la línea del periodismo y adentrarse en la literatura? ¿Cómo vives este proceso con la publicación de tus libros La casa del enemigo malo y Hotel Zuazua.
H.L.R. El periodismo, el buen periodismo profesional, siempre es Literatura. No existe una frontera entre las dos escrituras. Si acaso, la única diferencia es que el texto periodístico es un esbozo o manifestación de la vida real. No puede ser ficción: dejaría de ser periodismo.
La Anábasis o La retirada de los diez mil, de Jenofonte, es uno de los grandes textos de las letras clásicas y es, al tiempo, una crónica periodística de gran aliento; lo mismo puedo decir de La guerra de los judíos, de Flavio Josefo; o Comentarios a la guerra de las Galias, de Julio César.
Estos tres autores enriquecen sus escritos con observaciones y señalamientos que posiblemente son producto de su imaginación o de las fallas de la memoria. Pero ello no les resta mérito.
Para no ir lejos, tenemos las Cartas de relación, de Cortés, y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo.
Es larguísima la lista de hombres y mujeres que combinan los dos géneros. Hablamos de Poe y García Márquez como gigantes de la literatura, pero en periodismo también fueron titanes. Poe –no tengo mayores datos a la mano– se hizo cargo de un periódico del Sur de Estados Unidos que tenía una venta de 500 ejemplares y en un mes la subió a cinco mil; y qué decimos de Noticia de un secuestro, del Gabo. En México tenemos legión de ejemplos. Empezamos con Fernández de Lizardi, grande como periodista y como autor de novelas. Y seguimos con casi todos los autores importantes del siglo XIX quienes, abrumados por las deudas, escribían sus famosos folletones que luego editaron como libros. El español José Mariano Larra es considerado como un gran señor de las letras aunque toda su producción es periodística. Gustavo Adolfo Bécquer es un caso muy parecido, aunque él publicó poesía y, sobre todo, relato gótico; pero era también periodista señero, y uno de sus hermanos, dibujante y grabador, ilustraba sus textos.
Tenemos, concretamente en Monterrey, el caso tan especial de Ignacio Martínez, el alumno predilecto de Gonzalitos. General y médico, creo que es el primer mexicano que viaja a Australia, China, Rusia, qué sé yo; publica en dos libros las crónicas de sus aventuras y desventuras. A fines del XIX milita en el anarcosindicalismo afiliado con Ricardo Flores Magón y edita un diario que publica en Laredo y Brownsville. Se convirtió en un peligro tan grande para los gobiernos de México y Estados Unidos que se organizó un escuadrón mixto para asesinarlo.
En nuestros años te menciono, desde luego, a don Julio Scherer, Octavio Paz, José Revueltas, José Emilio Pacheco, don Martín Luis Guzmán, Vicente Leñero, y ya no me extiendo más porque nunca acabaría.
M.M.V. Uno de tus relatos narra la historia de un hombre apocado, segundón, cuyos hijos no quisieron volver a saber de él, que se interna en la lluvia de la madrugada después de que sus compañeros de trabajo celebran su despedida. ¿Cómo aparece el fracaso en las relaciones afectivas de un hombre que al parecer dio todo por sus hijos? ¿Es explicable que el sistema social se coma la subjetividad de las relaciones familiares y que “el éxito y la prosperidad” que logran unos individuos los haga avergonzarse y despreciar a su progenitor? ¿Sucede esto realmente? ¿No existen vínculos entrañables que deshacen la imposición de una ideología?
H.L.R. Quisiera tener un dólar por cada experiencia que he vivido de hijos que abandonan a sus padres; los agreden física y verbalmente, los desprecian, los humillan, los despojan de su patrimonio para arrojarlos a la calle y, en algunas ocasiones, llegan a asesinarlos. Por desgracia, esto es muy común.
¿Por qué suceden estas monstruosidades? No podemos hablar de razones. Pero trataremos de entender las causas. En muchas ocasiones, como en mi Peritos, el padre es apocado y conformista en tanto que los hijos poseen ambición. Se presenta un desnivel en lo económico y en lo cultural y los hijos abandonan al padre porque… ¿por qué? Bueno, hay quien dice que la pobreza es contagiosa. O les da vergüenza a ellos, triunfadores según la moderna tabla de valores, convivir con un padre tan modesto.
También sucede que el genitor trató mal a los hijos cuando eran niños o se portaba grosero y violento con la madre. Aquí hablamos de una venganza. La culpa no siempre es de los hijos. Hace sesenta, setenta años, los padres decidían la vida que iban a llevar los hijos. Una amiga mía quiso ser enfermera pero el padre se lo prohibió “porque iba a ver a hombres desnudos”. Y conocí a un señor que ambicionaba ver a su hijo como judicial y a su hija como sexo servidora en un burdel de, digamos, categoría.
¿Ideología? No lo creo. Estas abominaciones se dan lo mismo entre la burguesía que en el proletariado.
M.M.V. El demonio aparece con frecuencia en tu obra. El demonio del alcohol. El demonio del mal. ¿Qué tan profundo puede ser el mal de la adicción en la vida de un hombre? ¿Cómo rompe la adicción las relaciones íntimas y/o las sociales?
H.L.R. El alcohol destruye todo. Te hablo por experiencia personal. Yo soy alcohólico. Me salvaron Alcohólicos Anónimos y el miedo a morir en la embriaguez. Ahora tengo más de cinco años de no beber.
Durante casi un año fui a un grupo de AA y escuché historias que me siguen provocando pesadillas. No publicaré una sola línea de estos episodios por respeto a mis hermanos en desgracia.
Hay numerosas variantes del alcoholismo. Muchos enfermos trabajan normalmente, cubren sus obligaciones, no dejan sin comer a sus hijos; se bañan, afeitan y cambian de ropa todos los días; incluso se alejan de la botella durante meses o años, pero son alcohólicos: sufren lo que llamamos recaída y todo se fue al diablo.
El alcohólico no es un vicioso: es un enfermo.
No quiere hacer sufrir a sus personas amadas, pero el alcohol lo domina. Puede ser un hombre inteligente, echado para adelante como decimos aquí, de carácter fuerte, pero es más poderoso el veneno que los está destruyendo a él y a los suyos.
Muchas veces el enfermo no se quiere curar –tarea que tampoco es fácil–; perdió la capacidad de luchar, de ver de frente lo bueno y lo malo de la vida. Para él es más cómodo simplemente dejarse llevar por la bebida.
Yo, por ejemplo, no puedo beber ni una gota. Es más: no como chocolates rellenos de vino, brandy o tequila. Sé que si recaigo ya no tendré valor ni energía para pelear contra la enfermedad. De ese tamaño es el alcoholismo.
M.M.V. El mal no aparece solo en tu obra, tiene su correlato con el consabido bien, representado por un sacerdote que exorciza o por un periodista honesto durante toda su existencia. Tú, como periodista, has sabido disfrutar y ponderar las obras y las mentes brillantes. También has conocido los subterráneos donde el mal crece. Háblanos sobre esta polarización que aparece en tu obra, que traza y quebranta vínculos concretos.
H.L.R. El sacerdote exorcista. Tal vez escribí mal. Él es el cerebro de la secta de adoradores del diablo. Conspira con los otros para destruir al periodista. Para él, hacer el exorcismo fue un juego, una travesura para engañar a las almas cándidas.
He conocido a docenas de colegas quienes, como mi periodista, son almas perdidas. Me inspiré en varios de ellos. En el naufragio en el océano de alcohol perdieron todo: la familia, la salud, el prestigio personal, el respeto de los demás, la autoestima. Aun así, hombres heridos, mutilados del alma, se aferraron al oficio como la única endeble e imposible tabla de salvación.
M.M.V. También el más allá está presente en tu ejercicio literario. ¿Qué tan vívido es el mundo sobrenatural en tu ficción? ¿Existe el amor más allá de la muerte?
H.L.R. Amor más allá de la muerte. Digamos que uno sigue amando a la persona que murió hace muchos años. Eso también me consta. Tal vez lo que me planteas es si dos seres humanos que se amaron mucho se volvieron a encontrar después de la muerte. Ésa es terra incognita para mí. En mi muy humilde opinión, a la muerte le sigue la nada. Pero lo cierto es que en este terreno todos creemos lo que queremos creer porque a nadie le consta si hay vida después de la muerte o simplemente se apagó la luz.
No creo en lo sobrenatural. He vivido tres experiencias que prefiero llamar inexplicables antes que sobrenaturales.
M.M.V. Algunos de tus relatos asientan una preocupación extrema por la grave crisis del planeta, por la posibilidad de una guerra nuclear, que puede estallar a la vuelta de la esquina y mutilarnos para siempre. Háblanos sobre este desasosiego.
H.L.R. La guerra nuclear. Yo era un reportero muy joven y despreocupado cuando se produjo la crisis de los misiles. Tardé años en tomar consciencia de que el mundo estuvo cerca de la destrucción total.
Es paradójico, pero el arma atómica nos salvó de la III Guerra Mundial; las grandes potencias buscaron ampliar sus esferas de influencia por medio de las guerras periféricas o subordinadas, como también se les llama. Pero si Rusia, Estados Unidos, Inglaterra y Francia han dado pruebas de sentido de responsabilidad, tenemos a los relativamente nuevos socios del club de quienes no podemos estar seguros. Israel tiene todo el tiempo el dedo en el gatillo nuclear. Supongo que les asiste la razón: país pequeño, escasamente poblado, rodeado de naciones enemigas. Siguen India y Pakistán; han librado tres guerras y aunque disponen de arsenales atómicos no se amenazan con el arma final, lo cual quizá es más ominoso. Hasta el momento China se ha portado con prudencia, pero Corea del Norte es, en mi opinión, un peligro.
Claro que tengo miedo: por mis personas amadas, por mi patria, por el mundo, por mi destino. No me atrae la posibilidad de convertirme en ceniza radiactiva. Pero así se manifiestan las cosas y tenemos que vivir a la sombra del hongo nuclear.
M.M.V. Ubicas el 68 no sólo como el año de la gran tragedia, como lo conocemos, por el movimiento estudiantil y la represión que le cayó encima destrozando vidas. También fue un año en el que ya se registran desapariciones, incluso en la misma policía. ¿México siempre ha padecido un clima inseguro propicio a las desapariciones siniestras?
H.L.R. La eme de México es eme de Muerte. Antes, durante y después del 68 había y hay crímenes de Estado al igual que asesinatos del fuero común: avionazos para matar a políticos incómodos, secuestros de personas de quienes nunca se llegó a saber nada, corrupción a lo bestia, colusión de los gobiernos con el hampa.
Pero de todo esto era muy poco lo que sabíamos; hoy, por lo menos, podemos hablar de unos pocos medios que en ocasiones desafían al Estado, pero años atrás esto era imposible. Dímelo a mí: yo salí de Excélsior con don Julio Scherer.
La primera lección que aprendíamos: no puedes escribir contra el presidente ni contra su familia. No puedes criticar al Ejército ni a la Iglesia católica.
En provincia, la censura, y sobre todo la autocensura, era diez veces peor. Eran intocables los grandes empresarios, el gobernador, el alcalde. En los años de la Guerra Fría surgió una nueva profesión: el anticomunismo. Muchos se hicieron ricos al denunciar a comunistas que conspiraban contra el mundo libre dentro de las latas de sopas Campbells. Había matanzas en todas partes, sobre todo en Guerrero, Morelos, Veracruz, Oaxaca, Chiapas. Y los sobrevivientes se morían de viejos en la cárcel –o se suicidaban– sin siquiera saber de qué se les acusaba.
Recuerda que la siniestra Dirección Federal de Seguridad la creó Miguel Alemán. Los jueces y policías eran más corruptos que los de ahora; pero la clase política, aunque robaba mucho, guardaba las formas, no eran cínicos.
M.M.V. Hay en tu obra relatos cuya trama se ubica en la Ciudad de México, y relatos de pueblos del Noreste fronterizo, donde antes de que el narco se aposentara, las gentes vivían del contrabando. Es decir, la ilegalidad regía la vida diaria. ¿Cómo relacionas estas diferencias de entonces con el aquí y el ahora?
H.L.R. El contrabando siempre fue una forma de vida en el Noreste. Pero durante siglos fue un contrabando blanco: aparatos electrodomésticos, autos, licores y vinos, muebles, ropa –sobre todo ropa– y otros artículos cuyo uso no le hacía daño a nadie. A las contrabandistas de ropa las llamaban chiveras, y como había aduaneros en las terminales de autobuses, las damas, en complicidad con los choferes, se bajaban unas cuadras antes de la estación. Sí, también se contrabandeaban armas, pero eran para cacería o revólveres para defensa personal; de armamento de guerra, nada.
Yo creo que el norestense que tenía capacidad económica para llegar a la frontera, se volvía contrabandista aunque fuera a escala nano. También se burlaba a la aduana gringa; había contrabando de aquí para allá: artesanías, café, tequila.
Por lo general, los aduaneros de Texas se hacían de la vista gorda: diez kilos de café no lastiman a nadie. Los nuestros también jugaban a que les hablaba la virgen, pero tenías que darles mordida multiplicada por la aduana, propiamente dicha, el retén del 23 y las columnas volantas, como las llamaban.
Eran, definitivamente, otros tiempos. Yo viví un año en Laredo, Texas. A la luz del día cruzábamos el Bravo para pisar suelo mexicano por unas horas, luego regresábamos a la orilla gringa y nadie nos decía nada. Muchas veces cruzamos la frontera por el puente sin pasaporte ni nada. Los dos laredos eran pueblos muy pequeños y muy amables. Todo el mundo conocía a todo el mundo.
La droga es otra cosa. Nadie decía nada. Era tema prohibido.
Creo que el narcotráfico se disparó a fines de los cincuenta o principios de los sesenta. Leopoldo Sánchez Célis vino disfrazado de delegado del PRI en Nuevo León a, presuntamente, organizar el trasiego. Se puso de acuerdo con dos que tres gobernadores y se crearon las rutas para reexpedir el veneno a Estados Unidos. Ese, digamos, comercio, se desenvolvió en un entorno de paz e hipocresía. El consumo en Monterrey era mínimo y los capos entendían que era más productivo llevar el negocio en orden.
Supongo que hubo una que otra ejecución, pero serían muy pocas. Y la prensa de entonces jugaba mucho a hacer el papel de virgen sin mácula. Raramente se publicaba alguna nota sobre ese tipo de asesinatos. Salubridad tenía una lista de adictos o enfermos a quienes se les daba un documento para que se pudieran surtir del narcótico en las boticas. Así era de artesanal el asunto.
El tráfico se disparó en el sexenio de Díaz Ordaz, pero seguíamos en paz. De matanzas, nada.
Es famoso el diálogo que tuvo con Nixon. El gringo lo culpó de que México era el trampolín de la droga y Díaz Ordaz le contestó que sí, somos el trampolín, pero Estados Unidos es la alberca.
Fue Calderón quien abrió las puertas del infierno. Ahora contrabandeamos seres humanos y droga y los gringos nos surten de armas y municiones.
¿Fue un error sacar las fuerzas armadas a la calle? Yo vi, aquí, a policías del Estado amenazar al Ejército con sus armas de asalto para ayudar a los narcos a escapar. En aquel momento quizás hubiera sido la decisión correcta si Calderón crea un calendario para depurar a las policías y crear nuevas corporaciones que, sin duda, también se habrían corrompido, pero al menos nos hubieran dado un respiro y los militares hubieran regresado a sus bases.
La Federación ha tenido tiempo de sobra para hacer esto, pero a los militares no les conviene volver a los cuarteles: los narcos los están haciendo muy ricos.
Total, el fracaso es absoluto. La policía nunca tuvo prestigio y el ejército perdió el ascendiente que tenía, que tampoco era mucho.
M.M.V. Tus personajes femeninos, ¿dan el amor o la muerte? A tus personajes femeninos, ¿qué les gusta de un hombre?
H.L.R. ¿Qué buscan en los hombres las mujeres de mis textos? Algunas quieren o necesitan ternura y amor; otras procuran un varón que las haga sentirse seguras; las hay que buscan un hombre con dinero; algunas son aventureras en el buen sentido de la palabra; se aburren mortalmente con un caballero aferrado a la rutina y el conformismo y quieren como pareja a un tío audaz que las haga vivir la vida como un viaje en la montaña rusa.
Alguien escribió que el amor de mujer siempre es amor de madre. No lo sé, pero sí te puedo decir que algunas de tus hermanas de género prefieren a hombres un tanto aniñados y los trabajan de tal modo que en breve plazo el hombre se hace dependiente de la mujer. Luego, están las posesivas que confunden el amor con el sentimiento de posesión, y no olvidemos a las devoradoras de hombres quienes gozan al destruir a su pareja. Algunas féminas son muy sensibles a la belleza y caen rendidas a los pies del poeta o el artista. Otras, en cambio, tienen la sensibilidad de un hipopótamo hembra y sólo exigen la relación carnal. Pero la mujer siempre será un misterio para el hombre. Y está bien que así sea porque así debe ser.
Las mujeres dan amor y, de muchas maneras, muerte. La misma mujer que me ama el lunes me puede matar el martes. Lo peor: quizás de manera involuntaria y hasta sin darse cuenta.
La persona que ama es vulnerable. Una infidelidad, un desdén, una palabra fría, la pueden destruir. Para sobrevivir al amor, sea éste de desdicha o de felicidad, se necesita mucha fortaleza.
Supe de casos de mujeres que con su infidelidad mataron al hombre que las adoraba. Y también conocí el otro lado de la moneda.
Se puede matar de muchas maneras. Hay personas que respiran, comen, trabajan, caminan pero ya están muertas. Siguen en este mundo por inercia.
El amor es uno de los grandes misterios. El doctor Marañón escribió que el amor es un fenómeno del olfato. Este sentido nos avisa que nos vamos a entender bien con aquella persona y la información se distribuye a partir del hipotálamo a todo el organismo. Será o no será. Te la paso al costo.
M.M.V. Háblanos sobre los autores que más te han marcado en tu vida.
H.L.R. Los tres libros que me marcaron: Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos, de don Miguel de Unamuno; La rebelión de las masas, de Ortega y Gasset; y Del socialismo utópico al socialismo científico, de Engels.
Amo a miles de escritores. Sólo te apuntaré unos cuantos: don Alfonso Reyes, Pepe Revueltas, Juan Rulfo, Víctor Hugo, Flaubert, Voltaire, Curzio Malaparte, Primo Levi, Heine, Remarque, Günter Grass, Maquiavelo, Shakespeare, Graham Greene, Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, García Lorca, Mariátegui, Nietzsche, Hemingway, Tolstoi, Dostoievski, Gorki, Pushkin, Dumas padre, Rosa Montero, Antonio Muñoz Molina, don Pepe Alvarado, Jack London, Faulkner, y ahí le paro porque de otra forma nunca acabaría.






